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TIESTES Y ATREO

Escila versus Caribdis

De entre las bravías y ventosas aguas del Mediterráneo, cerca de Sicilia, emergían dos peñascos que, además de ser islas rocosas, eran monstruos marinos que devoraban a los viajeros que se aproximaban a sus costas. Sus nombres eran Escila y Caribdis; ya en La Odisea Homero relata las vicisitudes de Ulises en relación a estos peñascos, y Ovidio las menciona en Las Metamorfosis. Estos son los nombres que reciben los dos actos que –separados por un intervalo musical– conforman nuestra versión de Tiestes y Atreo. Funcionan como opuestos complementarios y aparentan no tener ninguna relación, aunque ambos terminan siendo monstruos que se fagocitan a la misma obra y a los espectadores.
La cuestión digestiva no es un asunto menor en nuestro caso. El punto de partida de este montaje es la tragedia senecana Tiestes, cuyos temas –el odio fratricida, la venganza y la antropofagia– serán retomados luego por Shakespeare en una de sus más tremendas tragedias: Tito Andrónico.
Sin embargo, ambas obras plantean un tema que no llegan a abordar del todo: los padres se comen a los hijos. Tanto Séneca como Shakespeare tratan al filicidio como venganza en una lucha entre enemigos, y el enfrentamiento entre esas dos partes soslaya el asesinato de los hijos. Precisamente es en este punto donde nuestra puesta pone el acento, ya que podríamos entender que históricamente las generaciones mayores devoran –de manera simbólica– a las nuevas generaciones. El hijo, que tiene la posibilidad de la diferencia, que puede discutir con las tradiciones, con la patria (cuya etimología es “tierra de los padres”) es asesinado por el padre para cercenar esa discusión. Es que la voz masculina es la voz del Pater, es decir, de Dios, y es siempre cruel, despótica y especuladora. Así, el padre le impone al hijo seguir sus huellas para regular sus potencialidades y abortar sus singularidades.
En nuestra versión, el filicidio no opaca la lucha fratricida. Por eso, para evitar poner blanco contra negro, esta reescritura se llama Tiestes y Atreo. Ambos, por ser padres, tienen per se su propia carga negativa. El tema de los opuestos complementarios tampoco es menor en esta versión: la categoría del Mal es sinónimo del universo adulto y masculino, mientras que la del Bien es infantil y femenino (entendidos estos como discursos de minoría).
Estas categorías de Bien y Mal pueden sonar anquilosadas y perimidas, pero estamos imbuidos, al igual que Séneca cuando escribió la tragedia (recordemos que es contemporáneo de Jesucristo y que cuando éste fue crucificado, a los 33 años, el filósofo romano tenía 37) por algunas de las doxas que el cristianismo se encargaría de distribuir por el mundo entero con gran velocidad y con una voracidad aún mayor que la de Escila y Caribdis cuando devoraban a los navegantes.

Emilio García Wehbi

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El teatro del terror

El drama de Tiestes y Atreo hunde sus raíces en la tragedia griega, pero no han llegado hasta nosotros las obras que le dedicaron Sófocles y Eurípides. Solo conocemos la ulterior versión de Séneca, cuyo estoicismo no le hace asco a una de las escenas más violentas jamás puestas en escena. La descripción del asesinato de los hijos de Tiestes es digno de una película gore, aunque la restricción clásica la pone en boca de un mensajero. Ni siquiera Shakespeare fue mucho más allá, en esa suerte de remake que hizo con su Titus, pero fijó para siempre sus imágenes imposibles. Esa autoconsciente saga (de la que podría ser parte nuestra leyenda urbana del “niño asado”) es la que revisita ahora entre nosotros Emilio García Wehbi, para comprender las razones del siempre presente terror autoinflingido.
El ritual antropofágico, que suma a su primigenio horror la ingestión de los hijos, tiene una larga tradición. Sin salir de los griegos, se remonta al mito de Cronos y llega hasta Tántalo, abuelo de Tiestes y Atreo, con quien se inicia la obra. Tántalo es, a su vez, el nombre de uno de los hijos cocinados, cuya codicia parece augurar el eterno retorno de la tragedia. En el otro extremo, Atreo encarna algo más que el viejo tema de la venganza: se trata más bien de la voluntad de poder llevarla a sus últimas consecuencias, eliminando hasta el linaje de su enemigo del modo más atroz: haciendo que el padre engulla a su descendencia. Esa idea platónica de la tiranía (ya en La república se metaforizaba al tirano como caníbal) es literalmente puesta en escena por Séneca -quien conoció a Calígula y murió con Nerón- como una suerte de apocalipsis, un crimen ante el que “han huido los dioses”.
“¡Oh, crimen que no puede ser creído por ninguna generación y digno de que lo niegue la posteridad!” dice el coro, y esa invocación resuena muy cerca en el tiempo y el espacio. Así lo entiende García Wehbi, al proponer lo que Séneca acaso entrevió: no hay tanta distancia entre Atreo y Tiestes. Este no encarna el imperativo estoico sino que es parte necesaria del ritual del filicidio, inscripto en su propia historia y genealogía. ¿Y qué hay de sus herederos? ¿Cómo podrían escapar los hijos a su trágico destino, de transmutarse en la nueva carne del padre o encarnarlo a su vez? Esa comunión diabólica (cuya metáfora de la sangre y el vino es contemporánea del mismo Cristo) se hace siempre “en el nombre del padre”.
¿Cuántos hijos desaparecen en cada generación, introyectados por el padre o introyectando al padre? ¿Cuántos repiten su rol en el teatro del terror, diciendo sus líneas prefijadas?: “Hay que arrancar de cuajo a esta imperfección, esta irregularidad, esta deformidad, esta monstruosidad, para volver a ser un pueblo normal con un soberano severo aunque justo”. Si en cualquier contexto resulta fácil identificar a los Atreos, siempre es difícil reconocer(se) un Tiestes, esas figuras grises siempre dispuestas a prohijar víctimas sacrificiales. A ese descarnado reconocimiento nos invita la relectura de Emilio García Wehbi.

Nicolás Prividera.

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TIESTES Y ATREO

TIESTES Y ATREO
de Emilio García Wehbi, a partir de la tragedia Tiestes de Séneca.

Intérpretes
MARICEL ALVAREZ
FLORENCIA BERGALLO
ANALÍA COUCEYRO
CARLA CRESPO
ÉRICA D'ALESSANDRO
VERÓNICA GEREZ
CINTIA HERNÁNDEZ
MERCEDES QUEIJEIRO
JAZMÍN SALAZAR
MIA SAVIGNANO
LOLA SEGLIN
LUCÍA TOMAS

Producción
SANTIAGO CARRANZA
LEANDRO FERNÁNDEZ
Asistencia de dirección
GLADYS ESCUDERO
Coach de niñas
AYMARÁ ABRAMOVICH
Coreografía
CELIA ARGÜELLO RENA
Vestuario
BELÉN PARRA
Música
MARCELO MARTÍNEZ
Asistencia musical
VANESA DEL BARCO
Iluminación
AGNESE LOZUPONE
Asistencia de iluminación
CECILIA FONT NINE
Escenografía
JULIETA POTENZE
Asistencia escenográfica
ILEANA TELAYNA
Asistencia artística y dramatúrgica, edición de video
MARTÍN ANTUÑA
Dramaturgia, puesta en escena y dirección
EMILIO GARCÍA WEHBI

Teatro Nacional Cervantes, CABA, 2018.

Se versionan temas de Tom Waits ("Come on up to the house") y Tindersticks ("Trouble everyday") Y Se incluye el texto "Matar a un niño", de Stig Dagerman.

Fotos: GUSTAVO GORRINI / TNC.